Índice
- Qué es una crisis de pánico
- Síntomas físicos de una crisis de pánico
- ¿Ansiedad o infarto? Por qué una crisis de pánico puede asustar tanto
- Lo que ocurre en la mente durante una crisis de angustia
- Después de la crisis: el miedo a que vuelva a ocurrir
- Cómo ayuda la terapia psicológica en las crisis de pánico y ansiedad
- Ansiedad y crisis de pánico: una realidad cada vez más frecuente en Baleares
- Cuándo conviene buscar ayuda profesional
- Entender lo que ocurre suele ser el primer paso para encontrarse mejor

Hay personas que describen su primera crisis de pánico como uno de los momentos más angustiantes que han vivido. El corazón se acelera, cuesta respirar, aparece una sensación intensa de ahogo o presión en el pecho y, en cuestión de segundos, surge el miedo de que algo grave esté ocurriendo. Muchas veces la primera reacción es pensar en un infarto, en un problema neurológico o incluso en la sensación de estar perdiendo el control.
Cuando los síntomas aparecen de forma tan brusca, es completamente normal asustarse. El cuerpo entra en un estado de alarma muy intenso y la experiencia puede resultar tan impactante que después de la crisis muchas personas siguen durante días pendientes de cualquier sensación física, con miedo a que vuelva a ocurrir.
Las crisis de pánico, también conocidas como crisis de angustia o ataques de ansiedad, son más frecuentes de lo que parece. Aun así, quienes las sufren suelen vivirlas con mucha confusión, especialmente la primera vez, porque los síntomas físicos son reales y pueden sentirse extremadamente intensos.
Entender qué ocurre durante una crisis de ansiedad no elimina de golpe el malestar, pero sí ayuda a reducir el miedo y a recuperar poco a poco sensación de control. Y eso suele ser uno de los primeros pasos importantes para empezar a encontrarse mejor.
Qué es una crisis de pánico
Una crisis de pánico es una aparición repentina de miedo intenso acompañada de síntomas físicos y emocionales muy fuertes. En muchos casos alcanza su punto máximo en pocos minutos y genera la sensación de que el cuerpo “se ha descontrolado”.
Aunque popularmente muchas personas hablan de ataque de ansiedad, desde el punto de vista clínico suele hablarse de crisis de pánico o crisis de angustia. En la práctica, los términos se utilizan a menudo para describir experiencias similares relacionadas con una activación muy intensa del sistema nervioso.
Durante una crisis de pánico, el cerebro interpreta que existe una amenaza importante y activa automáticamente una respuesta de alarma. Es un mecanismo relacionado con la supervivencia: el organismo se prepara para huir, defenderse o reaccionar ante un peligro. El problema es que, en estos casos, esa alarma aparece aunque no exista un riesgo físico real inmediato.
Por eso los síntomas pueden resultar tan impactantes. El corazón late más rápido, la respiración cambia, aumenta la tensión muscular y el cuerpo entra en un estado de hipervigilancia. Muchas personas sienten que algo muy grave está ocurriendo en ese momento, aunque después las pruebas médicas no detecten ninguna enfermedad física que explique lo sucedido.
La intensidad de la experiencia hace que algunas personas desarrollen un miedo constante a que la crisis vuelva a aparecer, especialmente en lugares donde ya ocurrió antes o en situaciones en las que sienten que no podrían escapar fácilmente o pedir ayuda.

Síntomas físicos de una crisis de pánico
Los síntomas físicos de una crisis de pánico pueden ser muy variados, pero casi todos tienen algo en común: aparecen de forma intensa y generan una gran sensación de alarma.
Uno de los síntomas más frecuentes son las palpitaciones o la sensación de que el corazón late demasiado rápido o con mucha fuerza. Algunas personas notan además presión en el pecho, pinchazos o una sensación difícil de describir que les hace pensar inmediatamente en un problema cardíaco.
También es habitual sentir dificultad para respirar, sensación de ahogo o necesidad constante de coger aire. En ocasiones aparece hiperventilación, es decir, respirar más rápido de lo normal sin darse cuenta. Esto puede provocar mareo, sensación de inestabilidad, hormigueo en manos o labios e incluso percepción de desmayo inminente.
Otras personas describen sudoración intensa, temblor, escalofríos, tensión muscular o una sensación extraña de irrealidad. Todo ocurre muy deprisa y el cuerpo parece entrar en una especie de estado de emergencia.
Aunque estos síntomas están relacionados con ansiedad y activación fisiológica intensa, es importante no banalizarlos. Cuando una persona experimenta este cuadro por primera vez, especialmente si existen dudas sobre su origen, siempre es recomendable realizar una valoración médica para descartar problemas cardíacos, respiratorios, neurológicos u otras causas físicas.
Una vez descartada una enfermedad médica, muchas personas sienten alivio al comprender que esos síntomas físicos, aunque muy desagradables, forman parte de un problema de ansiedad y pueden trabajarse adecuadamente desde un abordaje psicológico y clínico especializado.
“Muchas personas llegan convencidas de que están sufriendo algo físico grave. Y precisamente por eso las crisis de pánico generan tanto miedo: porque los síntomas se sienten completamente reales.”
— Dr. Pablo Iglesias
¿Ansiedad o infarto? Por qué una crisis de pánico puede asustar tanto
Una de las preguntas más habituales durante una crisis de pánico es: “¿y si me está dando un infarto?”. No es una exageración. Muchas personas acuden a urgencias convencidas de que están sufriendo un problema cardíaco grave porque las sensaciones físicas pueden ser realmente intensas.
La combinación de palpitaciones, presión en el pecho, dificultad para respirar, mareo, sudoración o sensación de muerte inminente genera una alarma muy fuerte. Y cuanto más miedo aparece, más se activa el cuerpo. Se crea así un círculo difícil de frenar en ese momento: el síntoma asusta, el miedo aumenta la activación física y esa activación hace que los síntomas se intensifiquen todavía más.
Además, durante una crisis de ansiedad el cerebro entra en un estado de alerta extrema. La atención se centra casi por completo en las sensaciones corporales: la respiración, el ritmo cardíaco, el pecho, la posibilidad de desmayarse o perder el control. Esto hace que cualquier cambio físico se viva con mucha más intensidad.
Aun así, es importante actuar con prudencia. Especialmente la primera vez que aparece un cuadro de este tipo, o cuando existen antecedentes médicos o síntomas poco habituales, es recomendable realizar una valoración médica para descartar una causa física. No conviene asumir automáticamente que todo es ansiedad sin una evaluación adecuada.
Con el tiempo, muchas personas descubren que el verdadero problema no es solo la intensidad de la crisis, sino el miedo que queda después. Algunas empiezan a vivir pendientes de su cuerpo, interpretando cualquier sensación física como una señal de peligro. Otras evitan hacer ejercicio, conducir, viajar o quedarse solas por miedo a volver a sentirse así.
Por eso, en las crisis de pánico no solo importa reducir los síntomas físicos. También es importante entender cómo funciona esa respuesta de alarma y por qué el cuerpo puede reaccionar de forma tan intensa incluso cuando no existe una amenaza real inmediata.
Lo que ocurre en la mente durante una crisis de angustia
Durante una crisis de angustia no solo se activa el cuerpo. También aparecen pensamientos muy intensos que aumentan todavía más la sensación de peligro.
Algunas personas sienten miedo a morir de forma inminente. Otras piensan que van a perder el control, desmayarse, “volverse locas” o hacer algo extraño delante de los demás. Aunque desde fuera pueda parecer difícil de entender, en ese momento la sensación subjetiva es completamente real.
Es frecuente además que aparezca una sensación de extrañeza difícil de explicar. Algunas personas describen sentirse desconectadas de sí mismas, como si estuvieran observándose desde fuera. Otras perciben el entorno raro, lejano o irreal, como si todo estuviera ocurriendo dentro de una especie de niebla o sueño. Estos fenómenos, conocidos como despersonalización y desrealización, suelen generar todavía más miedo cuando aparecen por primera vez.
La mente intenta encontrar una explicación rápida a lo que está ocurriendo. Y cuando el cuerpo está tan activado, el cerebro tiende a interpretar las sensaciones desde el peligro: “algo malo está pasando”, “no voy a poder salir de esto”, “me estoy descontrolando”.
Cuanto más amenazante se vuelve esa interpretación, más se mantiene la alarma fisiológica. Por eso muchas veces la persona siente que la crisis “se alimenta sola”.
Entender este proceso suele ser importante dentro del tratamiento psicológico de la ansiedad. No porque los síntomas sean imaginarios —no lo son—, sino porque aprender a reconocer cómo interactúan cuerpo, pensamientos y miedo ayuda progresivamente a reducir la sensación de amenaza y recuperar seguridad.
Después de la crisis: el miedo a que vuelva a ocurrir
Para muchas personas, el momento más difícil no siempre es la crisis de pánico en sí, sino lo que ocurre después.
Tras una experiencia tan intensa, es habitual quedarse con una sensación de vulnerabilidad constante. El cuerpo pasa a convertirse en algo que se observa continuamente: el ritmo del corazón, la respiración, una sensación de mareo, una molestia en el pecho o cualquier pequeño cambio físico pueden interpretarse como señales de que otra crisis está a punto de empezar.
Algunas personas comienzan a evitar situaciones concretas. Hay quien deja de conducir, de entrar en centros comerciales, de viajar, de hacer ejercicio o incluso de quedarse solo por miedo a no poder pedir ayuda si vuelve a sentirse mal. Otras intentan mantener todo bajo control para reducir la sensación de incertidumbre.
Poco a poco, la vida puede empezar a organizarse alrededor del miedo a que aparezca otra crisis de angustia.
Este proceso suele generar mucha frustración. Muchas personas entienden racionalmente que probablemente no exista un peligro físico grave, pero aun así sienten que su cuerpo “salta” constantemente a la alarma. Y cuanto más pendiente se está de las sensaciones corporales, más fácil es interpretar cualquier cambio como una amenaza.
En algunos casos aparece lo que se conoce como ansiedad anticipatoria: el miedo constante a volver a sentir ansiedad. Paradójicamente, ese estado de vigilancia mantenida termina aumentando la activación fisiológica y facilita nuevas crisis.
Por eso el tratamiento psicológico no se centra únicamente en “hacer desaparecer síntomas”, sino también en entender qué mantiene el círculo de miedo, hipervigilancia y evitación. Recuperar sensación de seguridad suele implicar volver a confiar progresivamente en el propio cuerpo y dejar de vivir en estado de alerta permanente.
“En muchas ocasiones, el verdadero problema no es solo la crisis de ansiedad, sino empezar a vivir pendiente de que vuelva a ocurrir.”
— Dr. Pablo Iglesias
Cómo ayuda la terapia psicológica en las crisis de pánico y ansiedad
Muchas personas que sufren crisis de pánico llegan a pensar que han perdido el control sobre su cuerpo o sobre su mente. Sin embargo, entender cómo funciona la ansiedad suele marcar un punto de inflexión importante en el proceso de recuperación.
La terapia psicológica ayuda, en primer lugar, a comprender qué está ocurriendo. Cuando una persona entiende por qué aparecen las palpitaciones, la sensación de ahogo, el mareo o la hipervigilancia corporal, el miedo a los propios síntomas empieza poco a poco a disminuir.
Uno de los objetivos más importantes del tratamiento es romper el círculo que se crea entre sensación física, interpretación de peligro y aumento de ansiedad. Muchas veces no es solo el síntoma lo que mantiene el problema, sino el miedo constante a que vuelva a aparecer.
En terapia también se trabajan aspectos como la regulación fisiológica y respiratoria, la interpretación catastrofista de las sensaciones corporales, la ansiedad anticipatoria, la evitación de determinadas situaciones y la recuperación progresiva de actividades que la persona había dejado de hacer por miedo.
En algunos casos, las crisis de angustia aparecen en momentos de sobrecarga emocional sostenida, estrés acumulado, dificultades personales o etapas vitales complejas. Poder entender el contexto emocional en el que surge la ansiedad también forma parte del proceso terapéutico.
Muchas personas que buscan ayuda por ansiedad en Palma de Mallorca llegan después de meses intentando manejar solas los síntomas físicos, convencidas de que “deberían poder controlarlo”. Sin embargo, cuando la ansiedad empieza a limitar la vida cotidiana o genera un sufrimiento mantenido, contar con acompañamiento psicológico especializado puede ayudar a recuperar estabilidad y sensación de control.
En determinados casos puede ser útil complementar el tratamiento psicológico con valoración psiquiátrica, especialmente cuando la intensidad de la ansiedad, el insomnio o el nivel de bloqueo funcional son elevados. Pero incluso en estas situaciones, el abordaje psicológico suele ocupar un papel central en el tratamiento a medio y largo plazo.
Ansiedad y crisis de pánico: una realidad cada vez más frecuente en Baleares
En los últimos años, los problemas relacionados con ansiedad, estrés y sobrecarga emocional han aumentado de forma muy significativa. En consulta, cada vez es más frecuente atender a personas que llegan preocupadas por síntomas físicos intensos, sensación constante de alerta o miedo a volver a experimentar una crisis de pánico.
En Baleares, los trastornos de ansiedad presentan una prevalencia elevada respecto a otras comunidades autónomas. Algunas estimaciones sitúan la incidencia en torno a 175 casos por cada 1.000 habitantes, reflejando el peso creciente que los problemas de salud mental están teniendo tanto en Atención Primaria como en los dispositivos especializados.
Tras la pandemia, además, se produjo un incremento importante de consultas relacionadas con ansiedad, insomnio, agotamiento emocional y dificultades de adaptación. Muchos pacientes describen una sensación mantenida de tensión, saturación mental o dificultad para desconectar incluso cuando aparentemente continúan funcionando con normalidad.
Este impacto no se distribuye de forma homogénea. La ansiedad afecta con especial frecuencia a mujeres y preocupa también el aumento progresivo observado en adolescentes y adultos jóvenes, donde cada vez aparecen más cuadros relacionados con hipervigilancia, somatización, ansiedad anticipatoria o sensación persistente de desbordamiento emocional.
Más allá de los datos, muchas personas viven estas dificultades en silencio durante mucho tiempo. Algunas normalizan síntomas físicos constantes, cansancio mental o una sensación permanente de alerta hasta que el cuerpo termina reaccionando con una crisis de angustia más intensa.
Por eso cada vez se insiste más en la importancia de detectar estos problemas de forma precoz y facilitar el acceso a tratamiento psicológico especializado antes de que la ansiedad termine condicionando de forma importante la vida personal, social o laboral.
Cuándo conviene buscar ayuda profesional
No todas las personas que experimentan ansiedad necesitan el mismo tipo de ayuda ni en el mismo momento. Pero cuando las crisis de pánico empiezan a repetirse, aparece miedo constante a que vuelvan o la ansiedad comienza a limitar la vida cotidiana, suele ser recomendable consultar con un profesional.
A veces el problema no es únicamente la intensidad de las crisis, sino el desgaste progresivo que generan. Vivir pendiente del cuerpo, evitar determinadas situaciones, dormir con miedo, dejar de hacer actividades habituales o sentirse constantemente en alerta puede terminar afectando al descanso, a las relaciones personales, al trabajo y a la sensación general de bienestar.
Buscar ayuda no significa que la situación sea “grave” ni que la persona esté perdiendo el control. De hecho, muchas veces pedir orientación a tiempo ayuda precisamente a evitar que la ansiedad se cronifique o termine ocupando cada vez más espacio en la vida diaria.
En el abordaje psicológico de la ansiedad y las crisis de angustia, uno de los objetivos principales suele ser ayudar a la persona a comprender qué le ocurre, reducir el miedo asociado a los síntomas físicos y recuperar progresivamente sensación de seguridad y control.
En Consulta Iglesias, el tratamiento de la ansiedad se aborda desde una perspectiva clínica y humana, adaptando el acompañamiento a las necesidades de cada persona y valorando de forma individual cuándo puede ser útil apoyo psicológico, psiquiátrico o un abordaje combinado.
Muchas personas llegan a consulta pensando que “no deberían sentirse así” o que tendrían que poder manejarlo solas. Sin embargo, entender lo que ocurre y contar con ayuda adecuada suele ser uno de los pasos más importantes para empezar a salir del círculo de ansiedad y miedo.
Entender lo que ocurre suele ser el primer paso para encontrarse mejor
Las crisis de pánico pueden resultar profundamente angustiosas, especialmente cuando aparecen por primera vez y los síntomas físicos se viven como una amenaza real. La sensación de ahogo, las palpitaciones, el miedo a perder el control o la impresión de que algo grave está ocurriendo pueden generar mucho sufrimiento y hacer que la persona viva durante semanas o meses pendiente de su propio cuerpo.
Sin embargo, detrás de muchas de estas crisis existe un problema de ansiedad que puede entenderse y tratarse adecuadamente. Aprender cómo funciona esa respuesta de alarma, comprender qué mantiene el miedo y recuperar poco a poco sensación de seguridad suele formar parte del proceso de mejora.
Con el acompañamiento adecuado, muchas personas consiguen reducir la intensidad de las crisis, dejar de vivir en estado de alerta constante y volver a relacionarse con su cuerpo y con su día a día desde un lugar mucho más tranquilo.






